Las elecciones presidenciales de Colombia en 2026 cerraron un ciclo electoral que evidencia a una sociedad dividida entre el progresismo y la ultraderecha, donde los puntos medios parecen haber desaparecido. Así, la estrecha diferencia en los resultados contrasta drásticamente con la profunda amplitud y divergencia de las propuestas de ambos modelos de país. Ahora bien, la dinámica misma de la elección plantea desafíos para la democracia en Colombia.
Los comicios llevaron a la presidencia a Abelardo de la Espriella, quien superó a Iván Cepeda en la segunda vuelta. El escrutinio definitivo confirmó lo anticipado por el preconteo: una contienda definida por un margen mínimo. De la Espriella alcanzó el 49,66 % (12.959.542 votos), mientras que Cepeda logró el 48,7 % (12.708.712 votos), lo que representa una diferencia de apenas 250.830 sufragios.
Para el progresismo, el proceso estuvo marcado por la sorpresa. Primero, por la derrota sufrida en la primera vuelta; y segundo, por el vertiginoso repunte en la segunda, etapa en la que la campaña sumó más de tres millones de votos nuevos como muestra el Mapa de la Resistencia (Roldán, 2026). Pese a la mínima diferencia y a las tensiones propias de la jornada, tras la confirmación de los escrutinios Iván Cepeda reconoció los resultados, reafirmando así su compromiso histórico con el respeto a las instituciones democráticas del país.
La campaña enfrentó a dos figuras que encarnan trayectorias y proyectos de sociedad diametralmente opuestos:
· Abelardo de la Espriella: el candidato de derecha se presentó insistentemente como un “outsider” del establecimiento, llegando a afirmar: “La ventaja mía es que yo no soy un político”. Sin embargo, contrario a sus aseveraciones, su trayectoria evidencia profundos vínculos con actores tradicionales de la política nacional y cuenta con el respaldo de clanes regionales de derecha. Estas estructuras de poder están lideradas por familias y élites locales que ejercen control sobre el electorado, las instituciones territoriales y la contratación pública. A esto se suma un polémico historial como abogado defensor de jefes paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), de condenados por el escándalo de la parapolítica, y de otras figuras vinculadas al narcotráfico y la criminalidad. En contraste, carece de experiencia en la administración pública.
· Iván Cepeda: como candidato de continuidad del actual gobierno progresista, presenta una hoja de vida cimentada en el sector público y el activismo, respaldada por una trayectoria de más de treinta años como congresista y defensor de derechos humanos. Su propuesta buscaba garantizar la continuidad de las reformas sociales, la búsqueda de la paz mediante el diálogo y una visión más equilibrada en materia macroeconómicas. No obstante, este proyecto está en la mira del presidente electo, quien ha anunciado una reducción del gasto público, una reforma tributaria y una política confrontacional frente a los actores armados ilegales bajo la premisa: “Defenderé la democracia por la razón o por la fuerza”.
Este perfil de los candidatos igualmente coincidió con el tono del debate público, el cual estuvo marcado por estrategias divergentes. Mientras la campaña progresista optó por un enfoque pedagógico orientado a la contención de las noticias falsas, la candidatura de De la Espriella apalancó su crecimiento en narrativas que exacerbaron el miedo y el odio a quien pensara diferente, especialmente hacia los posicionamientos de izquierda.
En este escenario, la fragilidad democrática se reveló en el peso que ganaron la desinformación, el sesgo y la mentira, que repetidos muchas veces tendieron a convertirse en verdades de consigna, o en respuestas automáticas carentes de reflexión. En esto, la influencia de los algoritmos, las redes y las emociones (Correa, 2026) jugó un papel clave en Colombia, reiterando una tendencia a nivel global. Fue un asunto advertido una década atrás con el aumento vertiginoso del “big data” y que ahora es aprovechado de forma instantánea por la Inteligencia Artificial (O’Neil, 2016).
Esta fragilidad en medio de una avalancha de información (real, conspirativa, nebulosa y mentirosa) se evidenció en la carencia de debate y reflexión a nivel individual y colectivo. Al reducir el debate a una relación amigo-enemigo en lo personal y no en la crítica reflexiva, el sentido de lo político quedó a merced de la falsedad de los discursos y la necesidad de elegir un bando. Muchos factores intervienen en este balance, como la facilidad de generar posicionamientos a través del miedo o la conspiración, la crisis progresiva de los partidos políticos tradicionales y el auge de los personalismos. Esto explica la paradoja de ver a sectores, grupos o clases sociales votando en contra de sus propios intereses, convencidos por opciones que precisamente no los representan (Manrique, 2026).
A todo lo anterior se sumó la declarada injerencia extranjera, un factor que empañó la autonomía y soberanía propias de la democracia liberal. Las denuncias realizadas por la campaña de Cepeda durante la contienda fueron confirmadas posteriormente por las declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump, quien no solo manifestó su apoyo, sino que se atribuyó parte del mérito en la victoria del candidato de derecha.
Esta elección se suma así a una serie de resultados victoriosos de la derecha en la región que coinciden con el resurgimiento de la Doctrina Monroe en la segunda presidencia de Trump. Así, más que evidenciar un fortalecimiento de la democracia mediante la rotación ideológica, estas dinámicas revelan su fragilidad y cómo los proyectos autoritarios podrían estar usando la propia institucionalidad para corroerla desde adentro.
En el caso colombiano, esta corrosión también tiene raíces sistémicas. No se puede desconocer el impacto de la compra de votos, la debilidad de los sistemas de información y las profundas limitaciones para la participación de las periferias urbanas y rurales. Evidencia de esto es que persisten barreras logísticas para llegar a los puestos de votación, afectando especialmente al campesinado y a los grupos étnicos en las áreas rurales más alejadas (Cruz, 2026) a lo que se sumó la imposibilidad de ejercer el derecho al sufragio por cuestiones de trabajo para quienes hacen parte de las economías populares del “rebusque” o ejercen labores continuas como los vigilantes.
Ahora bien, más allá de ideologizar el significado de la democracia, las preocupaciones de prácticamente la mitad de la sociedad colombiana no son infundadas. El principal temor radica en la alarma que genera el tono retórico del gobierno electo. Declaraciones previas del candidato, como su promesa de “destripar a la izquierda”, sumadas a la propuesta de uno de sus seguidores regionales de “bombardear las regiones” donde Cepeda obtuvo mayorías, suscitan el miedo latente de que la polarización discursiva se materialice en violencia real.
Estas narrativas traen consigo la preocupación por potenciales consecuencias nefastas, tales como el desplazamiento forzado provocado por fumigaciones indiscriminadas, la represión violenta a la protesta social, y una eventual venganza contra los beneficiarios de políticas redistributivas, en especial de la reforma agraria y la restitución de tierras. Otra vez el campo colombiano puede ser escenario de grandes injusticias combinadas con violencia.
De igual importancia resultan las implicaciones de un grave choque institucional que podría empeorar los problemas sociales. Esto incluye el desmonte de las reformas sociales, las políticas distributivas y el desmantelamiento de instituciones estatales en pos de un equilibrio fiscal a corto plazo. Los efectos de estos choques macroeconómicos en el aumento de la pobreza y la desigualdad, así como su impacto en la calidad democrática, ya son evidentes en países como Argentina o Bolivia. Este asunto cobra aún más relevancia en Colombia debido a la simultaneidad de estas medidas con la violencia derivada de su histórico conflicto armado.
En conclusión, el caso colombiano, que bien podría ser un reflejo del balance en toda la región, debe ser un asunto fundamental sobre el cual profundizar en el trabajo del Observatorio para la Democracia en América Latina de AUSJAL. Esta coyuntura reafirma la necesidad imperiosa de fortalecer la educación en cultura democrática, para evitar que la desinformación y la consolidación de gobiernos autoritarios cimentados en el odio, la venganza o el miedo, acaben por destruir instituciones y valores democráticos en la región.
Referencias
Correa, Juan David (2026) Del otro lado del Espejo, Revista Cambio, 25 de junio, disponible en https://cambiocolombia.com/puntos-de-vista/articulo/2026/6/del-otro-lado-del-espejo (Acceso; junio 2026)
Cruz Merchán, Camilo (2026) Los campesinos tienen menos derecho a votar en Colombia, Razón Pública, 21 de junio, disponible en https://razonpublica.com/los-campesinos-tienen-menos-derecho-votar-colombia/ (Acceso: junio 2026)
Manrique, Pablo (2026) La clase popular con la que ganó la elección La Espriella, La Silla Vacía, 24 de junio, disponible en https://www.lasillavacia.com/silla-nacional/la-clase-popular-que-le-gano-la-eleccion-a-de-la-espriella/ (Acceso: junio 2026)
O’Neil, Cathy (2016) Weapons of Math Destruction, Talks at Google, disponible en https://youtu.be/TQHs8SA1qpk?si=om3644CDNuLIlXw7 (Acceso: junio 2026)
Roldán, Daniel Santiago (2026) Mapa de la resistencia 2026. “Segunda vuelta 2026 · lectura de cara a las elecciones regionales de 2027”. 23 de junio, disponible en: https://dsroldanz9.github.io/como-ganar-2da-vuelta/resistencia/ (Acceso: junio 2026)

