¿Qué significa trabajar en una universidad jesuita? ¿Es solo ocupar un cargo, cumplir funciones, alcanzar métricas? El conversatorio *”En todo amar y servir: el sentido de nuestro trabajo en una universidad jesuita”*, organizado por la Comisión de Cultura de AUSJAL, reunió a casi 400 personas de toda América Latina en torno a una pregunta que, lejos de tener una respuesta sencilla, toca el núcleo de nuestra identidad.
Al dar apertura al conversatorio, el padre Andrés Aguerre, presidente de AUSJAL, situó el tema en su dimensión más honda:“El tema es para disfrutar, es para interpelarse, pero más que nada para disfrutar, porque está tocando nuestra identidad: cómo queremos hacer las cosas como universidades jesuitas en América Latina.”
Con esas palabras como horizonte, la conversación que siguió no fue un ejercicio académico sino algo más cercano al discernimiento compartido: una red de personas preguntándose juntas, desde sus contextos distintos, cómo vivir con más sentido lo que ya hacen cada día.
Una máxima que interpela
La doctora Adriana Jiménez Romero, rectora del Tecnológico Universitario del Valle de Chalco y vicepresidenta de AUSJAL, abrió la reflexión con una de las máximas más conocidas de San Ignacio: *el amor se debe poner más en las obras que en las palabras*. Desde ahí, propuso que amar y servir en el ámbito profesional no es un gesto romántico ni decorativo. Es, antes que nada, una decisión: pedagógica, política y administrativa. Es colocar en el centro a las personas con quienes compartimos el día a día, incluso cuando no coincidimos, incluso cuando la tarea es difícil.
Para Adriana, ese amor se articula en tres conceptos fundamentales de la tradición ignaciana: el *magis* —la búsqueda de la excelencia no por competencia sino por amor—, la *cura personalis* —el cuidado de cada persona en su singularidad— y la amistad social, esa capacidad de construir comunidad rompiendo estructuras verticales de poder para trabajar genuinamente en red.
Amar más y mejor, y hacerlo bien
El padre Ignacio Blasco, desde la Vicerrectoría de Identidad Universitaria de la Universidad Rafael Landívar, complementó esta mirada proponiendo tres movimientos propios del amor ignaciano. El primero es el *magis*: no sobresalir por vanidad, sino dar lo mejor de uno mismo sin reservas. El segundo, la necesidad de concretarse: el amor que no se encarna en gestos cotidianos se evapora. Y el tercero, quizás el más exigente, es la *discreta caritas*: no solo hacer el bien, sino hacerlo bien, con discernimiento, humildad y entrega callada.
El sentido en los momentos difíciles
Ante la pregunta de cómo sostener ese sentido en contextos desafiantes —y América Latina ofrece desafíos sobrados—, ambos ponentes convergieron en la importancia de cuidar la pasión y el propósito. La pasión como combustible, el propósito como timón. Sin uno, la energía se dispersa; sin el otro, puede precipitarse al barranco. A eso se suman la creatividad y la perseverancia: la voluntad de buscar siempre la mejor respuesta posible para el contexto en que estamos, y la tenacidad de no rendirse cuando las cosas no salen a la primera —algo que el propio Ignacio conoció muy bien en su camino de Barcelona a Roma.
A nivel institucional, el padre Ignacio señaló tres palancas para la resiliencia: la participación activa de todos en la misión, la conciencia de colaborar en algo que nos trasciende, y el trabajo en red. En ese punto, AUSJAL como articuladora de 30 universidades jesuitas en América Latina no es un dato menor: es una expresión concreta de que ninguna institución sirve sola.
El trabajo como apostolado
Adriana lo dijo con claridad: cuando el servicio se vive de manera integrada, con propósito y con pasión, deja de ser un sacrificio que se agota y se convierte en una fuente que alimenta. No somos dos personas distintas —una en la oficina y otra en casa. Somos personas integrales, y esa integralidad es la que transforma el trabajo cotidiano en un apostolado. Diseñar un presupuesto, impartir una clase, acompañar a un estudiante, sonreírle a quien cuida los jardines de la universidad: todo eso, vivido desde adentro, es una forma de encontrar a Dios.
El secretario ejecutivo de AUSJAL, Lucas Blangino, cerró el encuentro recordando una advertencia del entonces padre Bergoglio sobre el riesgo de formar *”macrocéfalos intelectuales y pigmeos de corazón”*. Ese riesgo no ha desaparecido. Pero conversatorios como este —con casi 400 personas conectadas, haciéndose las mismas preguntas desde distintos rincones del continente— son señal de que la pregunta por el sentido sigue viva en nuestras comunidades universitarias.
Y mientras esa pregunta siga viva, también lo estará la misión.









