Las elecciones parlamentarias de medio término en la Argentina resultaron en un éxito de gran envergadura para el presidente Javier Milei y su alianza La Libertad Avanza, con la cual había ganado las elecciones presidenciales en 2023. En buena medida, la magnitud de este éxito fue agigantada por su carácter imprevisto. La mayoría las encuestas electorales y de opinión auguraban un desempeño entre mediocre y malo para el gobierno. Estos pronósticos poco alentadores para el actual presidente parecían tener sólidos fundamentos en una economía estancada hacía ya varios meses, salarios estacionados en niveles bajos, una serie de escándalos de corrupción que golpearon al círculo más cercano al presidente y tensiones financieras y monetarias que ejercían una fuerte presión sobre el valor del dólar (que en la Argentina es fuente de serias turbulencias económicas y políticas). La imagen del presidente y los índices de confianza en el gobierno mostraban fuertes deterioros. A ello se sumaba una serie de derrotas en las elecciones provinciales en los meses anteriores. El activo más importante del gobierno era el sostenimiento de una inflación del dos por ciento mensual, luego de niveles inflacionarios del orden del doce por ciento mensuales a finales del gobierno anterior y de más del veinte por ciento en los dos primeros meses de la gestión libertaria.
A pesar de este panorama previo, el resultado electoral dio una suma total de votos para diputados nacionales para el gobierno del orden del cuarenta y uno por ciento, frente a casi el treinta y cinco de la oposición peronista. Las causas de este resultado sorpresivo seguramente son múltiples, pero la mayoría de los analistas (independientes y partidarios), acuerdan que un factor crucial fue el temor, en buena parte del electorado, que una derrota del gobierno resultara en una debacle política y económica incontrolable y con serias consecuencias sociales. En relación a esto se destacan dos factores de importancia: la falta de una propuesta alternativa creíble de parte de la oposición peronista que unificó su campaña en torno al lema “frenar a Milei”, de una parte, y la advertencia del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que su gobierno dejaría de ayudar a la Argentina en caso que La Libertad Avanza no tuviera un buen resultado electoral. Sobre este último punto, pocas semanas antes de las elecciones había un consenso amplio (difundido ampliamente por diferentes medios de comunicación), que el gobierno no podría controlar la crisis cambiaria y que se produciría, antes de las elecciones, una devaluación forzada que impactaría gravemente en una opinión pública ya muy sensibilizada por los costos del plan económico. Fue en ese contexto que el gobierno de Trump intervino agresivamente, concediendo a la Argentina un acuerdo de intercambio de monedas (swap) por 20 mil millones de dólares y promoviendo acuerdos con bancos norteamericanos (principalmente el J. P. Morgan) para un flujo crediticio por otros 20 mil millones de dólares. Ninguno de estos acuerdos está plenamente operativo, pero el impacto mediático fue enorme. Lo más significativo, e inédito en la historia del país, fue la directa intervención del Tesoro estadounidenses vendiendo dólares (se estima que fueron en pocos días entre 15000 y 2000 millones de dólares) en la plaza argentina. La tensión cambiaria no cedió (el valor del dólar siguió tocando el nivel superior de la banda cambiaria), pero la crisis no escaló y quedó claro que el gobierno norteamericano estaba dispuesto a pagar costos (financieros y políticos internos) para sostener al gobierno argentino. En este contexto, la amenaza de Trump de cortar esta ayuda adquirió una relevancia electoral de gran envergadura y, seguramente, jugó un rol relevante en el resultado final de la elección.
¿Qué implicancias tiene para la democracia argentina este desenlace electoral y el modo en que se llegó a él?
En primer lugar, que un gobierno el cual, desde su inicio, dio señales muy claras de un escaso compromiso con los principios básicos de la democracia, haya recibido un importante apoyo en las urnas luego de casi dos años en el poder, no deja de ser preocupante. La democracia argentina parece haber dado un paso más hacia una posible “muerte desde adentro”. Aun cundo esta muerte no parezca, todavía, inminente, el panorama es más sombrío que antes de las elecciones.
En segundo lugar, que el miedo sea uno de los sentimientos dominantes y con más peso en las decisiones electorales, no parece ser el combustible más adecuado para el desarrollo y profundización de las diferentes dimensiones de la vida democrática.
En tercer lugar, la exigencia, tanto por parte de Trump como del Fondo Monetario Internacional de avanzar con reformas profundas (laboral, impositiva y previsional) que implicarán aún mayores costos para buena parte de la población, combinada con el sesgo autoritario del gobierno, da lugar a un panorama alarmante en términos de la calidad y preservación de la democracia. Es cierto que tanto Trump como el Fondo llaman al gobierno a constituir amplias coaliciones en torno a las reformas, de modo que estas tengan viabilidad en el Congreso. Sin embargo, aun cuando el gobierno consiguió un sustancial aumento de sus bancadas legislativas, tanto en la Cámara de Diputados como en la de Senadores, constituir allí mayorías implicará un conjunto de negociaciones sofisticadas (con intercambios complejos en diferentes niveles), que el gobierno nunca mostró estar dispuesto hacer y que, dada la naturaleza de su concepción sobre la política, difícilmente esté dispuesto a construir más allá de, hasta cierto punto, algunas concesiones discursivas y formales. Si las iniciativas reformistas fracasan en el Congreso, el escenario más factible es un escalamiento en la conflictividad política y entre los poderes Ejecutivo y Legislativo. Milei no considera al Congreso un poder al cual deba someter sus proyectos políticos. De hecho, al momento, hay dos leyes del Congreso, vetadas por el Poder Ejecutivo pero que mantuvieron su vigencia por haber insistido el Congreso rechazando el veto por los dos tercios de los votos, que el Gobierno se niega a cumplir. De este modo es previsible una situación política (y social, si la economía no mejora y las tensiones financieras escalan por este previsible fracaso político), que haga emerger en el gobierno una actitud aún más francamente autoritaria.
En cuarto lugar, el rol Trump en la política argentina es un factor que incrementa sustancialmente los riesgos democráticos en el país y la región. El sesgo antidemocrático de presidente estadounidense es evidente, por lo que su intervención directa en nuestros procesos políticos no puede menos que ser negativo. La amenaza de infringir daños sustanciales al electorado frente a resultados electorales no deseados, parece ser hoy el patrón que guía buena parte de la estrategia política de Trump, ya sea que se trate de las elecciones a alcalde de Nueva York o elecciones legislativas o presidenciales en la Argentina. No hay dudas que, si el presidente Milei acentúa sus agresiones al sistema democrático argentino, recibirá el apoyo político y financiero (e incluso militar, en alguna escala indeterminada) de Trump.
Esta preocupante deriva hacia una democracia cada vez más deteriorada sólo podrá revertirse si la oposición se une en torno a un proyecto alternativo que, sin negar aspectos positivos del pasado, de respuestas con un claro contenido popular a los problemas actuales, novedosos por su naturaleza y su contenido (y en muchos aspectos similares a los de otros países de la región), que enfrenta la sociedad argentina

