Querido pueblo salvadoreño, estimado monseñor Gregorio cardenal Rosa Chávez, monseñor Michael cardenal Czerny, estimado monseñor Oswaldo Escobar, estimado nuncio apostólico monseñor Santo Gangemi, estimados hermanos en el sacerdocio que concelebran esta eucaristía, estimados hermanos y hermanas en la fe, amigos y amigas, compañeros y compañeras en el camino hacia un mundo de hermandad en el amor y en el servicio, en el que la justicia y la paz se besen y lo llenen de luz, muchas gracias por estar aquí esta noche.

Nos hemos reunido un año más para conmemorar a todos los mártires de El Salvador, al cumplirse treinta años del martirio de los jesuitas, de Julia Elba y Celina, en el campus de la UCA. Han pasado ya tres décadas desde esa trágica noche, a lo largo de las cuales nos hemos reunido con gran fidelidad año con año, para recordar la vida de los mártires, agradecer su testimonio de amor y todo lo que ellos dieron a cada uno de nosotros, a El Salvador y al mundo entero. A los mártires los mataron los que creen en el poder de las tinieblas, pero por ser hijos e hijas de la luz viven en nuestro corazón. ¿Es así? ¿Viven en nuestros corazones? ¿Su luz ilumina nuestras vidas? Yo estoy seguro que sí, pues de lo contrario no estaríamos aquí. Y viven en nuestros corazones porque la herencia que nos dejaron es un amor enorme, el amor que está dispuesto a las últimas consecuencias, hasta dar la vida.

La vida de los mártires estuvo dedicada a colaborar con el proyecto de Dios, para que Dios reine en la tierra. Por ello, se entregaron de lleno a luchar contra el mal, a defender a los empobrecidos, a señalar la injusticia y la opresión, para que “todos tengan vida y una vida abundante” (Jn 10,10); se hicieron constructores de paz, buscando aquellos caminos posibles, por muy difíciles que parecieran, para alcanzarla. ¡Qué gran y valioso regalo el que nos hicieron nuestros mártires! Y por eso estamos aquí, ¿verdad? Porque sus vidas y sus muertes dejaron una huella imborrable, están en nuestro recuerdo, no podemos olvidarlos; al contrario, nos inspiran a seguir su ejemplo, a continuar su legado, nos mueven a la acción, nos ayudan a seguir el mismo camino, a trabajar por las mismas causas, las causas del Evangelio, las de Jesús. No pasemos eso por alto. Ellos, como lo afirma la primera carta de Juan, amaron a sus hermanos y por ello permanecieron en la luz.

En nuestra historia, cada día, encontramos un debate entre la vida y la muerte, entre la luz y la oscuridad. Al mirar con atención la realidad de nuestro mundo y de nuestro país, no es difícil ver la oscuridad que nos rodea: la violencia que campea por el país, especialmente en las comunidades más empobrecidas; la exclusión de una muchedumbre a la que se le niegan las aspiraciones más fundamentales: vivir en paz, tener un trabajo, una vivienda segura y digna, gozar de una educación de calidad que prepare para la vida, poder realizar sus sueños de prosperidad en su propia tierra. Es oscuridad también la injusta distribución de los bienes que permite el acaparamiento de la mayor parte en unas pocas manos, la falta de empleos dignos, la situación de sufrimiento debido a la violencia intrafamiliar, el abuso sexual de niños y niñas y de mujeres adultas, un sistema de justicia que no imparte justicia, la separación de las familias por la necesidad de emigrar en busca de trabajo o de la seguridad que aquí no encuentran, la indiferencia de los poderosos ante las necesidades de la gente y la trágica destrucción del medio ambiente.

La nuestra es una oscuridad muy parecida a la que denuncia el profeta Isaías en Israel, que por la propia decisión del rey Ajab, que confió más en el imperio Asirio que en Dios, se alió con Asiria, con el más fuerte, para defenderse de Damasco y Samaria. Pagó un precio muy alto por esa alianza: Judá acabaría quedando subyugada a Asiria, fue obligada a pagarle un tributo permanente, a desplazar a la fuerza a una parte de su población, perdió su libertad como nación y quedó bajo la opresión asiria.

Actualmente, también vemos ese peligro en la alianza que El Salvador ha hecho con Estados Unidos, en la que vemos el abuso de poder de esa gran nación al obligar a El Salvador a firmar acuerdos migratorios no convenientes para nuestro país ni para los países vecinos, aunque se nos diga que ello podrá beneficiar a los salvadoreños tepesianos, e incluso a los que están allá sin documentos, y que a cambio vendrán muchos millones de dólares de ayuda y de inversión. Pero ¿cuál será el costo a pagar por todo esto? ¿No será que nuevamente estamos poniendo la confianza en el poder del dinero y del imperio, más que en Dios y en el valor de nuestro pueblo? La enseñanza bíblica es que en la confianza en Dios y en la pequeñez misma de su pueblo, en su fidelidad a la alianza, está el camino verdadero de salvación.

La palabra de Dios que hemos escuchado nos habla de luz. Una luz que ilumina y acaba con las tinieblas de la muerte, una luz que produce cambios importantes, trascendentales, los que todo hombre y toda mujer de bien desean: quiebra los yugos que oprimen, libera a los oprimidos de los opresores, acaba con los guerreros del mal, instaura el derecho y la justicia. Se anuncia un futuro nuevo que surgirá desde un niño que quebrará el orgullo de las naciones, pues, por su debilidad, su única fuerza es la de Dios. Una luz que se manifiesta en el amor al prójimo, tal como lo afirma la segunda lectura: “El que ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza” (1Jn 2,10).

Los mártires nos enseñaron lo que significa amar, más en obras que en palabras, y pusieron en evidencia que amar tiene graves consecuencias cuando se viven en medio del odio. Su amor al hermano se hizo trabajo en investigaciones para comprender la realidad y promover su transformación, para denunciar los abusos y las injusticias, para defender los derechos de los pobres, para animar a un seguimiento más radical a Jesús el Cristo. Su amor se convirtió en Idhuca, en Proceso, en ECA, en Iudop, en Fe y Alegría, en Centro Monseñor Romero. Su amor se hizo palabra profética y eficaz, como una espada de doble filo (Hebreos 4,12).

Pero sigue la primera carta de Juan: “En cambio, quien odia a su hermano está en las tinieblas y camina en tinieblas; y no sabe adónde va, pues las tinieblas lo han cegado” (1Jn 2,11). Los hijos de las tinieblas no aceptaron esa luz que les ofrecían los mártires; al contrario, cegados por las tinieblas, se llenaron de odio y arremetieron contra ellos, que movidos por amor a sus hermanos, señalaron sus acciones perversas como contrarias a la voluntad de Dios.

Es bueno que también nosotros hoy nos preguntemos si queremos vivir en la luz o preferimos las tinieblas, si optamos por el amor o por el odio. Sé que me van a responder: ¡por supuesto que queremos optar por el amor! Y estoy seguro que es una respuesta sincera. Pero si nos dejamos interpelar por los mártires, si dejamos que ellos iluminen nuestras vidas, puede ser que nos hagan ver que quizás no es así, y que como sociedad y también personalmente podemos haber caído nuevamente en la oscuridad del odio.

Ante la trágica situación de violencia, hemos dejado crecer el odio hacia los pandilleros, y junto a ellos, a la mayoría de jóvenes inocentes que viven en las mismas zonas. Los hijos de las tinieblas han trabajado a conciencia una construcción social que ha convertido a las pandillas en los enemigos comunes de toda la sociedad, y los ha hecho a todos criminales por igual. Y como son criminales, no nos debemos preocupar por sus derechos humanos, ni por sus vidas, ni por sus familias. Podemos aceptar sin cargo de conciencia alguno que estén pudriéndose en las bartolinas y en los centros penales, que pasen sin ser condenados por ningún delito hasta dos o tres años privados de libertad, porque a ellos no se les aplica la presunción de inocencia. No nos debe importar la manera abusiva en que se les trata cuando son detenidos, ni que les llamen “ratas”, ni que se estén muriendo de tuberculosis y de desnutrición en las cárceles, que son lugares inhumanos. ¿No son acaso nuestros prójimos? ¿No son ellos producto de una sociedad injusta que les ha negado cariño, educación, trabajo, nuevas oportunidades? ¿No somos todos responsables en alguna medida de esta situación? En lugar de odiarlos, ¿no deberíamos ver qué podemos hacer para ofrecer a esta juventud un futuro diferente?

También nuestra sociedad muestra su odio hacia la comunidad LGBTI al negarle derechos fundamentales, y hacia las mujeres que cumplen largas condenas por aborto, muchas de ellas condenadas injustamente. ¿No es odio negar el derecho humano al agua a todo un pueblo? ¿No es odio a la creación y a la humanidad destruir el medioambiente para lograr ganancias multimillonarias, comprometiendo el futuro, construyendo residenciales con grandes mansiones que solo unos pocos podrán adquirir? ¿No es odio a los trabajadores pagarles un salario mínimo que no alcanza para vivir decentemente? ¿No es odio hacia los adultos mayores que, después de una larga vida laboral, reciban una pensión miserable o, peor aún, que no tengan derecho a ninguna pensión? ¿No es odio a los migrantes retenerlos en las fronteras como en campos de concentración, separar a los niños de sus padres, o andar persiguiéndolos en sus trabajos y residencias para deportarlos? ¿No es odio hacia los pobres empujarlos a abandonar sus familias y el país para buscar el sustento familiar?

Los mártires nos enseñaron a ver en todos ellos al pueblo crucificado y a preguntarnos: ¿qué hemos hecho para crucificarlo?, ¿qué debemos hacer para bajarlo de la cruz? Bajar de la cruz al pueblo crucificado, liberarlo de sus cruces, fue la tarea principal de los mártires de la UCA. Su vida y su muerte iluminan porque son una expresión concreta de ese amor del que nos hablan las lecturas bíblicas que hemos escuchado. Un amor que se muestra en la entrega de la vida hasta el final, pero también en el quehacer de cada día, en el compromiso inclaudicable con los derechos humanos y la justicia, en una vida al servicio de los pobres, en un trabajo universitario y académico experto en señalar el pecado de la sociedad, aquello que produce muerte a los que entonces y ahora siguen siendo marginados, explotados, descartados, y que son una gran muchedumbre en El Salvador… Vidas así son luz por sí mismas que iluminan el caminar de cada día, la historia entera.

Así lo afirma el salmo 111 que hemos escuchado: su luz brilla porque fueron hombres y mujeres justos, clementes y compasivos, que confiaron en Dios, que creyeron en su proyecto, que fueron solidarios con los pobres y desposeídos, a los que amaron de verdad. Ellos sí supieron acoger la luz de la que nos habla el prólogo del Evangelio de Juan: “La luz de la Palabra, que hizo todo para que todo tuviera vida en ella, la luz verdadera, la luz que ilumina a todo hombre llegaba al mundo”. Los mártires no dudaron en recibir esa luz, la luz de Cristo, y “creyeron en ella y así se les dio capacidad para ser hijos de Dios” (Jn 1, 12).

Ellos nos dejaron también como legado una universidad comprometida con la sociedad, y particularmente con las causas de los empobrecidos, de las muchedumbres, de la búsqueda de la verdad, la libertad, el bien común y la justicia social desde el propio quehacer universitario. Una universidad puesta al servicio de la verdad y de la justicia. Ello fue incómodo para el poder en la década de los ochenta, y sigue siendo incómodo ahora para todos aquellos poderes que defienden su deseo de dominación de la sociedad en contra de los pueblos.

Por eso, en este contexto del XXX aniversario de los mártires, en la UCA queremos manifestar nuestra solidaridad con otras universidades jesuitas que en estos momentos están sufriendo esta situación de enfrentamiento con el poder establecido en defensa de los derechos humanos, la democracia y la libertad. Quiero expresar nuestra solidaridad con la Universidad Centroamericana de Nicaragua, la Universidad Católica Andrés Bello de Venezuela y la Pontificia Universidad Católica de Ecuador, que actualmente son acosadas por el Gobierno de su respectivo país porque no aceptan las violaciones a los derechos humanos, por estar al lado de los que legítimamente aspiran a una sociedad libre, justa y democrática. A ellas se les quiere impedir ser universidad al servicio de los pobres, de la justicia y de la paz. Por eso debemos expresarles nuestra solidaridad, manifestarles nuestro apoyo, animándonos a seguir adelante, al lado de los pobres, trabajando por la verdad y la justicia.

Termino con unas palabras de monseñor José Luis Escobar en su segunda carta pastoral: “Nuestros mártires se comprometieron con la salvación de la historia, hoy gozan de la presencia del Señor y del Resucitado, empero nos cuestionan, nos animan a construir el Reino, nos animan a ser actores de nuestra historia” (Cfr. “Ustedes también darán testimonio”, p.196). ¡Que así sea!

* P. Andreu Oliva, S.J., rector de la UCA.

facebook
twitter
YouTube