Discurso del Padre General al cuerpo profesoral de la Facultad de Teología de la Universidad de Vidjajyoti, Delhi, India.

 

Esta es mi primera visita a India. Además, es la primera vez que me dirijo ante una facultad de teología en calidad de Canciller. Este es un difícil desafío para un jesuita latinoamericano cuyo recorrido intelectual ha sido en el campo las ciencias sociales. No obstante, ustedes y yo compartimos el mismo desafío de reflexionar sobre nuestra fe a partir de nuestras raíces, nuestra cultura y especialmente desde la perspectiva de los pobres.

Soy un jesuita y hablaré, naturalmente, como un jesuita dirigiéndome ante una facultad jesuita. Sin embargo, soy muy consciente del privilegio de tener entre el personal y los estudiantes de Vidyajyoti a sacerdotes y seminaristas diocesanos, así como a mujeres y hombres religiosos de varias congregaciones. Quiero compartir con ustedes una corta reflexión sobre el compromiso de la Compañía de Jesús con el apostolado intelectual, el cual incluye la reflexión teológica, y la relación entre la formación intelectual y la fe.

La dimensión intelectual de la Compañía de Jesús

La Compañía de Jesús fue fundada por hombres de fe profunda educados en universidades. Ellos adoptaron un estilo de vida de fe que los impulsó a pensar crítica y creativamente sobre todos los aspectos del mundo, entendido como un hogar común.

A lo largo de su historia, la Compañía de Jesús ha hecho hincapié en la formación intelectual de sus miembros en varios campos del conocimiento humano, no solo las humanidades, sino también las ciencias sociales y todas las otras ramas de la ciencia. Este no es el momento ni el lugar para hacer una lista de los jesuitas que han realizado contribuciones sustanciales a las matemáticas, la física, la astronomía, la biología, la geografía, la antropología y las ciencias sociales. Solamente quiero resaltar y poner de relieve esta importante característica de la tradición de la Compañía.

De esta característica surge también el compromiso de la Compañía de Jesús con las universidades, que se da de maneras diferentes. Hay muchos jesuitas que se sumergen en la vida universitaria como investigadores y educadores, y hay decenas de universidades administradas por la Compañía de Jesús. Algunas de estas universidades jesuitas tienen facultades de teología asociadas a ellas.

Además, tenemos la fuerte inversión que la Compañía de Jesús realiza en la formación de sus miembros. No escatima tiempo ni recursos a la hora de asegurar una buena formación intelectual, junto con una formación integral centrada en una espiritualidad capaz de profundizar una fe que se compromete en actividades que promueven la justicia social y la reconciliación entre los seres humanos y la naturaleza, y en diálogo con culturas y religiones.

Nosotros, los jesuitas, buscamos colaborar con el desarrollo de un pensamiento creativo que pueda propulsar la nueva era de la Humanidad hacia la justicia social, la dignidad y la paz. Queremos hacerlo siempre en alianza y en colaboración con otros. No deseamos desarrollar un pensamiento peculiar y propio, caracterizado como un “pensamiento jesuita”. Participamos en una creación intelectual colectiva porque sabemos que estamos limitados y que hay grandes diferencias entre nosotros.

La Compañía promueve la actividad intelectual en todas las áreas en que está involucrada. Ciertamente en universidades e institutos de investigación científica y social, pero también en el trabajo educativo, social y pastoral. Estamos convencidos de la necesidad de la complementariedad entre acción y pensamiento. Actuar sin pensar se vuelve a menudo bastante inservible e incluso peligroso. El pensamiento desvinculado de la realidad de la acción social y pastoral es también un ejercicio fútil y peligroso.

La dimensión intelectual promovida por la Compañía de Jesús busca responder a las situaciones vividas por individuos, comunidades y sociedades humanas. Al enfrentarnos a situaciones dramáticas como, por ejemplo, las de los refugiados o los inmigrantes, o los marginados en general, uno se esfuerza por entender tanto la situación como las causas que la han provocado. Por lo tanto, resulta importante pensar en cómo mejorar la condición inmediata de las personas que sufren y, al mismo tiempo, lidiar con las causas fundamentales de la situación. En el caso de los migrantes, por ejemplo, uno intenta acompañarlos en su viaje y nutrir sus esperanzas de encontrar una vida mejor. Pero uno trata de pensar, también, en maneras de concientizar sobre las causas, y de promover iniciativas para una transformación social que ponga fin a las condiciones que llevan a millones de personas a abandonar, sin quererlo, sus casas y su país.

El jesuita es un intelectual comprometido con la transformación de la vida humana, comenzando con la suya y la de sus hermanos. Esta manera de comprender la vida intelectual nos mantiene en una permanente tensión entre, por un lado, el tiempo, los recursos y la energía requerida para hacer investigación, de modo que nuestro pensamiento sea realmente creativo, y, por otro, el tiempo, los recursos y la energía que se necesita para llevar a cabo acciones efectivas para la transformación personal y social.

Pueden imaginarse el desafío que plantea esta tensión en el contexto de la situación actual del mundo y en el contexto del cuerpo multicultural internacional que somos. ¡Hoy en día, la Compañía de Jesús está presente en 123 países del mundo! Venimos de muchas culturas y situaciones sociales diferentes y estamos profundamente comprometidos en construir una identidad intercultural inspirada por la experiencia de Jesús de Nazaret, encarnado en un pequeño pueblo de una nación colonizada y quien se convirtió en el hombre universal, una luz para todas las naciones.

La fe, las universidades y la nueva era de la Humanidad

El punto de partida de mi experiencia de la fe es la convicción de ser parte de una historia humana que está abierta y en movimiento. Estoy convencido de que la creación no se ha terminado aún y que nosotros, los seres humanos, somos los creadores responsables de asegurarnos que las personas puedan encontrar las condiciones apropiadas para una vida digna. Una de las dimensiones esenciales del mensaje del Concilio Vaticano II, tal y como lo experimentamos nosotros, es que somos portadores de buenas noticias para un mundo que se encuentra en el umbral de una de las mayores transformaciones en la historia humana. El Concilio Vaticano II adivinó lo que se convertiría en un lugar común del pensamiento en la segunda mitad del siglo XX: la humanidad está pasando por un cambio de época, es decir, estamos sujetos a algo que está naciendo, una innovación que sentimos, aun cuando no podemos expresarlo racionalmente. Comenzamos a denominar esta novedad en términos comparativos, como posmodernidad o poscapitalismo, y, gradualmente, como sociedad de la información o del conocimiento, sin ser realmente capaces de definirla, pues no existe todavía. ¡Nuestras acciones están encaminadas a hacerla nacer!

La dimensión humana de la fe respalda positivamente el desafío de participar creativamente en el desarrollo de la novedad histórica de estos tiempos. A partir de la experiencia de la fe podemos anunciar la nueva era histórica como Buenas Nuevas, esto es, proclamando que tenemos ante nosotros la oportunidad de contribuir a mejorar las condiciones de vida de todos los seres humanos. Esto puede lograrse si nos las arreglamos para crear relaciones solidarias y fraternas cimentadas en la justicia social.

Esto es posible si cada persona se ve a sí misma como parte de una comunidad, es decir, si experimenta las relaciones con los otros como una dimensión de sí. Esta experiencia lo impulsa a uno a hacer su propia contribución al bien común sin importar la edad, las habilidades, la educación, el estatus social, la ideología, la cultura, la religión o el color de piel.

Más aún, la nueva era de la humanidad, estrechamente ligada a la conciencia de una nueva e inescapable dimensión de la justicia social, nacerá para establecer una relación armoniosa con la naturaleza, con la que compartimos el mundo y de la que depende la vida en el planeta Tierra. Una relación armoniosa con la naturaleza es una condición indispensable para marchar hacia una vida de calidad, esa que es el sueño de cientos de culturas y millones y millones de personas.

El pensamiento científico y el humanista tienen aquí un papel en la vanguardia. Una facultad de teología es también uno de los lugares privilegiados desde donde podemos contribuir a la creación de relaciones sociales y con la naturaleza que puedan humanizar la época histórica que nacerá. No es posible dar vida a la novedad de la historia humana sin la investigación y el pensamiento creativo. Si la reflexión teológica pretende hacer la diferencia para que la humanidad alcance su mayoría de edad, tiene que nacer y ser cultivada por una vida de fe profunda, una vida de oración. También debe ser respaldada por estudio serio. El P. Adolfo Nicolás compartía a menudo una conversación que tuvo con un sabio monje budista en Japón. “El cristianismo occidental —dijo el monje— vino a Oriente enfatizando la doctrina, insistiendo en la Verdad. En Oriente —continuó— estamos más preocupados por el Camino que nos ayuda en nuestra búsqueda por lo Divino”. El pensamiento que aquí subyace es que no es suficiente con estar familiarizado con la doctrina y las verdades teológicas. Necesitamos aprender a acompañar a los otros en su búsqueda de Dios, y ese acompañamiento solo es posible cuando hacemos teología en la atmósfera de una fe profunda y viva. Recuerdo que, siendo un escolar, escuché decir a un sacerdote superior: “cuando era un escolar, los dos lugares más importantes en la comunidad eran la capilla y la biblioteca”. ¡Me pregunto qué lugares vienen a la mente de forma espontánea como aquellos que más importan en la comunidad Vidyajyoti hoy en día!

El pensamiento en las universidades, incluidos los centros teológicos, se caracteriza por la capacidad de crear conocimiento y, posteriormente, por la capacidad de organización a la hora de difundirlo sistemáticamente a través de programas académicos y de la acción en todas las áreas de la vida social. Una facultad de teología tiene la enorme responsabilidad de crear conocimiento significativo para ayudar a hacer de esta era un momento histórico de crecimiento que sea auténticamente humano; precisamente porque estas son las Buenas Nuevas que aceptamos en la fe, proclamamos con nuestras vidas y reflejamos teológicamente.

Nuestra reflexión teológica debe estar imbuida no solo de un exhaustivo conocimiento del contexto, que tratamos de asimilar a través de la familiaridad con la situación social, sino que debe buscar ser receptivo al contexto vital de aquellos a quienes nos dirigimos. Por un lado, y cada vez más en las grandes ciudades indias, se presenta el fenómeno del secularismo y la indiferencia religiosa, tan extendido en Occidente. Por otro lado, encontramos la vitalidad de la religión popular que anima las vidas de millones de personas de cualquier creencia religiosa en India. Nuestra reflexión teológica debe ayudarnos a desarrollar un lenguaje para hablarle a este mundo secular, y debe guiarnos también de modo que exhibamos la alegría del Evangelio de maneras que profundizan el gozo de la religión, pero protegiéndonos del emocionalismo exagerado que nos despoja de la profundidad y el interés por lo social. Finalmente, no podemos concebir una empresa teológica que no entable un diálogo respetuoso con otras religiones, un diálogo que nos permita compartir y también recibir.

Una red mundial de facultades y universidades jesuitas

La Congregación General 36 hace una firme invitación a los jesuitas a colaborar y establecer redes, siendo esta la manera de proceder para ser efectivos en nuestra misión hoy día. Hay cerca de doscientas facultades de filosofía/teología e instituciones de educación universitaria por todo el mundo a cargo de la Compañía de Jesús. Hay cerca de cincuenta y cuatro en India y están haciendo una contribución importante a la investigación y la enseñanza. ¿Pueden imaginarse cómo mejoraría el estándar de estas instituciones si formaran una red efectiva? ¿Pueden imaginar hasta qué punto podrían beneficiarse mutuamente y hacer mejor uso de sus recursos, que siempre son limitados?

Tomando seriamente la invitación de la Congregación General, quiero insistir en que ustedes y todas las demás instituciones universitarias del Sur de Asia formen una red efectiva. Esta sería la mejor forma de mejorar la colaboración entre las instituciones jesuitas en India y de prepararse para su participación en la red mundial jesuita de educación superior.

En 2010, el Padre Adolfo Nicolás convocó el primer encuentro de instituciones jesuitas de educación superior en Ciudad de México. Su mensaje fue claro y contundente: necesitamos avanzar hacia la formación de una red internacional, y queremos organizar en red a nuestras facultades y universidades alrededor del mundo.

El establecimiento de redes regionales ha aumentado en los últimos diez años. En el segundo encuentro de instituciones de educación superior, celebrado en Melbourne (Australia) en 2015, quedó claro que sería posible establecer una red universal de facultades e instituciones de educación superior jesuitas para el 2018, cuando se planea un tercer encuentro de instituciones jesuitas de educación superior. Estoy seguro de que Asia del Sur será un miembro importante de la Red Global Jesuita de Educación Superior.

Establecer redes entre nosotros también abre grandes posibilidades de colaborar con los demás en la desafiante aventura de planear y trabajar para el futuro de la humanidad. Comprometámonos en este proceso como parte de nuestra misión.

Permítanme concluir con una frase que encontré en una tarjeta de Navidad que me fue enviada por un sacerdote alemán. Decía: “haz lo que Dios hizo: vuélvete humano”. ¡En efecto! San Ignacio solía decir que el propósito de la Compañía de Jesús es ayudar a las almas. Quería decir exactamente eso: ayudar a todos a volverse humanos.

Muchas gracias por su atención y comprensión.

Arturo Sosa, S.J.
General de la Compañía de Jesús